4 de julio: Día Nacional del Médico Rural (en honor al Dr. Esteban L. Maradona)

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collage-2015-07-04“…Con el oxígeno del aire y el agua que viene del cielo me basta. No tengo motivos de queja…” 

Este pensamiento, hecho acción, define la figura, fortaleza, personalidad y trayectoria de un “Médico” (así, con mayúsculas) argentino que nació en la Provincia de Santa Fe, en la Localidad de Esperanza, el 4 de julio de 1895: el Doctor Esteban Laureano Maradona.

En su honor, el Congreso de la Nación sancionó la Ley 25.448/2001 que declara al 4 de julio, Día Nacional del Médico Rural.

A continuación, te invito a conocer algunos aspectos de su vida que lo retratan como persona, y  como profesional preocupado siempre por los más humildes y olvidados del monte formoseño…

La infancia del Dr. Maradona transcurrió, en gran parte, en la estancia “Los Aromos” (ubicada en las barrancas santafesinas del río Coronda), junto a sus padres y hermanos, en contacto íntimo con la naturaleza. Un tiempo después su familia se trasladó a Buenos Aires y allí pasó su adolescencia. Finalizó sus estudios universitarios en 1928, obteniendo el título de Médico.

Se instaló unos meses en la Capital Federal y en 1930 se fue a vivir a Resistencia, capital del entonces Territorio Nacional del Chaco.

En esos años, nuestro país experimentaba el golpe de Estado cívico-militar encabezado por el general Uriburu, que había derrocado a Hipólito Yrigoyen… Al calor de este quiebre institucional, Maradona se involucró en la política dando conferencias encendidas en las plazas públicas donde abogaba por la democracia y el gobierno constitucional. Estos hechos provocaron que lo persiguieran, convirtiéndose en un enemigo para el gobierno inconstitucional de la época.

Si bien fue candidato por el Partido Unitario, la política nunca ocupó un lugar central en su vida. Incluso, consideraba a los políticos como personas que dicen una cosa y hacen otra, desvirtuando la democracia: “…hacen demagogia en nombre de ella”, decía. Perseguido por el gobierno de la “Restauración Conservadora”, se exilió en Paraguay donde comenzaba la Guerra del Chaco Boreal. Cuando arribó a ese país, ofreció sus servicios a un comisario de Asunción, señalando que su único fin era el “…humano y cristiano de restañar las heridas de los pobres soldados que caen en el campo de batalla por desinteligencias de los que gobiernan”. Sin embargo, por este rechazo a ser parte de la causa paraguaya, Maradona pasó un tiempo en la cárcel. Luego, cuando lo liberaron comenzó a trabajar de camillero en el Hospital Naval.

Transcurridos tres años asumió como director de ese mismo hospital donde atendió a miles de soldados de ambos bandos. En Paraguay conoció a Aurora Ebaly, con la cual se comprometería, sin embargo, en 1934, Aurora murió de fiebre tifoidea y Maradona regresa a nuestro país.

Antes de partir, donó los sueldos que ganó a los soldados paraguayos y a la Cruz Roja, evitando honores y agasajos que se hicieron en su nombre. Algunos le atribuyeron un rol crucial en el fin de la guerra, cuestión que desestimó: “Pese a lo que algunos dijeron, yo no fui quien directamente hizo firmar la paz entre ambos países. Solamente colaboré para que se juntaran las comisiones que habían viajado desde Europa con los delegados de Bolivia y Paraguay”.

Su regreso a la Argentina fue por barco y a pesar de que había proyectado algunos viajes por el norte del país y a Buenos Aires, se quedó en el monte formoseño, lugar donde encontraría su destino.

Los habitantes del lugar y de los campos aledaños acudieron a hacerse asistir, y todos le pidieron que se quedara, ya que no había un médico en muchos kilómetros. Fue cuando decidió instalarse allí: ”Había que tomar una decisión y la tomé… quedarme donde me necesitaban. Y me quedé 53 años de mi vida”, expresó.

En esa etapa de su vida llevó a cabo una gran obra humanitaria: “Fue entonces cuando decidí perder mi pasaje en el tren, que aún me aguardaba, y no volver nunca a las comodidades de mi consultorio en Buenos Aires… La bienvenida me la dieron indios, criollos y algún que otro inmigrante, todos enfermos, barbudos, harapientos. Yo mismo me di la bienvenida a ese mundo nuevo, aún a riesgo de mi salud y mi vida…”.

Así, se estableció en el Paraje Guaycurri (luego Estanislao del Campo), en Formosa, sin agua corriente, gas, luz o teléfono. Al poco tiempo, comenzó a contactarse con Tobas y Pilagá que habitaban los alrededores. Ellos transitaban periódicamente, desnutridos y enfermos, por los comercios y viviendas de las fronteras de los distintos pueblos con el objetivo de cambiar las plumas de avestruces, arcos y flechas por alimentos o alguna vestimenta.

Al tomar conciencia de la situación en la que se encontraban estas poblaciones, Maradona asumió un compromiso, una suerte de obligación moral para con esas etnias. Su tarea no fue fácil: primero acercarse, ganar su confianza demasiado herida, atenderlos, curarlos, oírlos y aprender sus lenguas y costumbres hasta ser aceptado en las comunidades originarias.

A partir de la experiencia que estaba viviendo, Maradona selló su labor, que no se circunscribió a la asistencia sanitaria sino que fue más allá: convivió con ellos, se interiorizó acerca de las diversas necesidades que los aquejaban, los ayudó en todo lo que estuvo a su alcance. Y los frutos de su acción no se hicieron esperar: logró erradicar de ese olvidado rincón del país los flagelos de la lepra, el mal de Chagas, la tuberculosis, el cólera, el paludismo y hasta la sífilis. Incluso llevó a cabo gestiones ante el Gobierno del Territorio Nacional de Formosa, hasta que logró que se les adjudicara una fracción de tierras fiscales. Allí, reuniendo a cerca de cuatrocientos naturales, fundó con éstos una Colonia Aborigen, a la que bautizó “Juan Bautista Alberdi”, en homenaje al autor de “Las Bases” y que fue oficializada en 1948. Una vez adjudicada la tierra, les enseñó tareas agrícolas como el cultivo del algodón, a cocer ladrillos y a construir edificios rudimentarios. El Dr. Maradona llegó a invertir su propio dinero para comprar herramientas para las labores agrícolas como arados y semillas, a la vez que les brindaba atención médica primaria gratuita.

Desarrolló, además, tareas pedagógicas y se convirtió en el primer maestro de la Escuela de la Colonia durante tres años, hasta que, llegó el primer maestro nombrado por el gobierno.

En su estadía en el monte formoseño también se dedicó a escribir una veintena de libros, la mayoría inéditos, sobre etnografía, lingüística, mitología indígena, dendrología, zoología, botánica, leprología, historia, sociología y topografía.

En 1981, un jurado compuesto por representantes de organismos oficiales de entidades médicas y de laboratorios medicinales, lo distinguió con el premio al “Médico Rural Iberoamericano” el cual se le adjudicaba acompañado de una importante suma de dinero. Maradona rechazó a ésta de plano, y en el mismo acto de la entrega, logró transformar este premio en becas para estudiantes que aspiraban a ser médicos rurales. Además, rechazó una pensión vitalicia que el gobierno intentó destinarle cuando ya era anciano. Fue postulado tres veces para el Premio Nobel y recibió decenas de premios nacionales e internacionales, entre los que se cuenta el Premio Estrella de la Medicina para la Paz, que le entregó la ONU en 1987. Sin embargo, no le importaban los honores.

Su rechazo a la fama se debía a que no consideraba crucial para su vida esa notoriedad social que todo el tiempo se le trataba de adjudicar, no lo aceptaba, ni creía como algo merecido o que valiera la pena. Alguien lo llamó un día “el Albert Schweitzer de los tobas y matacos”. Ante semejante título Maradona dijo: “Nunca pude entender quién inventó esas macanas de que yo era como Ghandi o de que era el Albert Schweitzer de la Argentina —comentaba—, eso no me causa gracia porque yo odio el exhibicionismo en cualquiera de sus manifestaciones… Yo soy sólo un médico de monte, que es menos aún que un médico de barrio…Schweitzer sí era un hombre ilustre, él sabía música; era un eximio organista, más allá de su gigantesca obra en África. Y cómo pueden compararme con Ghandi, justamente con él, que con la no violencia salvó a todo el pueblo. Y a mí, sólo por haber cumplido con mi deber, me quieren hacer fama, justamente a mí, que siempre me creí el más inútil de los 14 hermanos. Cómo voy a ser un hombre ilustre si de chico fui retraído, taciturno; fui mal alumno, desordenado, rebelde, solitario y de carácter fuerte. Era medio desobediente y a veces prefería quedarme pintando abajo de un ombú antes que leer libros”.

Estos principios éticos que estructuraron su vida se pueden evidenciar en sus propias declaraciones: “Muchas veces se ha dicho que vivir en austeridad, humilde y solidariamente, es renunciar a uno mismo. En realidad ello es realizarse íntegramente como hombre en la dimensión magnífica para la cual fue creado… Estoy satisfecho de haber hecho el bien en lo posible a nuestro prójimo, sobre todo al más necesitado y lo continuaré haciendo hasta que Dios diga basta…”.

La vida de este gran hombre se apagó en 1986, cuando a los 91 años aceptó trasladarse a Rosario con su familia porque se encontraba muy enfermo: “…Así viví muy sobriamente cincuenta y tres años en la selva, hasta que el cuerpo me dijo basta. Un día me sentí morir y me empecé a despedir de los indios, con una mezcla de orgullo y felicidad, porque ya se vestían, se ponían zapatos, eran instruidos. Creo que no hice ninguna otra cosa más que cumplir con mi deber”.

En Rosario convivió con su sobrino, el Dr. José Ignacio Maradona, junto con su familia. Se mantuvo lúcido hasta último momento, hasta incluso estudiaba con los hijos de José Ignacio medicina e Historia. Su más cercano amigo durante 35 años, Abel Bassanese, cuenta que el día anterior a su deceso habían estudiado temas sobre el Virreinato del Río de la Plata. Murió de vejez, sin sufrimientos físicos. De esta forma, el 14 de enero de 1995, cuando le faltaban unos meses para cumplir los cien años, Esteban Laureano Maradona abandonó este mundo pero dejó la huella de una vida cargada de enseñanzas y principios. Su recuerdo, tal como quizá lo hubiera querido, se funde con el homenaje a todos los médicos rurales argentinos, cuyas historias anónimas nos esconden sus nombres y sus desvelos…

Fuentes Consultadas:

http://historiaybiografias.com/maradona_dr/

http://folkloreargentino.blogspot.com.ar/2007/07/el-doctor-maradona-el-mdico-rural.html

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Acerca del Autor/a:

Sara Navarro

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