Educación: Una Mirada Reflexiva (Cuarta Parte)

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educ-liberadora¡Hola!!

¡Qué bueno reencontrarnos en este Espacio de “Reflexiones Pedagógicas”!, no sólo porque estuve ausente dos semanas, sino porque reencontrarnos quiere decir: volver a caminar lo común, juntos… Y lo común que nos acompaña a ustedes y a mi es el hecho educativo, la educación… Esa que no tiene como objetivo formar para la docilidad y el conformismo, sino la que forma personas autónomas y con conciencia de pertenencia a una comunidad, lo que posibilita cultivar el diálogo y la conciliación para involucrarse en proyectos comunes y también, resolver conflictos inherentes a una dinámica social específica… De esa educación hablamos (a través de la palabra escrita) aquí, en este rinconcito virtual, los días jueves…

Por eso, para profundizar el concepto de educación (mencionado ut supra y abordado en anteriores publicaciones), también se enfatizó su estrecha vinculación con la formación de la ciudadanía. Esto es lo que exige que planteemos (ustedes y yo) en el proceso educativo, tres dimensiones fundamentales que tienen que ver con:

a- Si incidencia en la capacidad de problematización;

b- su condición dialógica y

c- la que asocia la práctica educativa con un modo de intervención en el mundo.

Este último punto es el se abordará hoy: la educación como un modo de intervención en el mundo…

Aunque parezca reiterativo, quiero comenzar la temática con la siguiente oración: La educación se constituye en una práctica política porque ella refiere a una manera de intervención en el mundo.

A ver… Cuando decimos “intervención en el mundo” referimos a instancias, momentos, fases. Se podría mencionar una inicial, que es la que se realiza a través de políticas educativas definidas… También podríamos referirnos a las relaciones y acciones de los docentes en la escuela, con los alumnos y alumnas, y con la comunidad. Relaciones éstas que son políticas en tanto y en cuanto se transmite (en la acción) un determinado modo de ver y leer el mundo, una forma de vincularse con los “otros que están junto a mí” y con el contexto en el que nos inscribimos. Otra instancia sería, además, la que se expresa en el sentido, dirección y comportamiento asumidos por los educandos, cuando se constituyen en  ciudadanos participantes de la dinámica social…

¿Qué se quiere expresar con ello? ¿Qué significa esto? En primer lugar aclarar que ese “modo de intervención en el mundo” para Freire y las Teorías Críticas (que fundamentan la postura de estas reflexiones), tiene un sentido político… No es un quehacer en abstracto, sino que con esa expresión se alude a la formación que anima a trabajar y a luchar en las sociedades concretas en las que vivimos, ¿para qué?, ¿persiguiendo qué cosa?… Persiguiendo, caminando, en pos de una utopía que se transforma en la guía inspiradora para todos y todas, que asumimos un rol histórico en el mundo, y esto, dice Freire, “…es un acto político…”

Lo expresado también remite a la lucha permanente por la humanización, lucha “… llena de alegría y esperanza…” (explicita Freire), lucha en contra de todos aquellos actos que representan deshumanización como por ejemplo los que se expresan en injusticias sociales, en el avasallamiento a los derechos de los ciudadanos, en los abusos de poder, en la intimidación y coacción de las libertades, en la aplicación de políticas demagogas, en la depredación indiscriminada del medio ambiente, en el maltrato a los demás seres de la naturaleza, entre muchos otros.

Respecto de esto, es interesante pensar, preguntarnos, reflexionar nosotros, educadores, cuáles son las posibilidades que tiene la educación de incidir en la conformación de una ciudadanía crítica y democrática, porque  esto depende (en gran medida) de la condiciones sociales y culturales que hacen posible el ejercicio de la libertad… Y como esas condiciones no están dadas, se hace necesario crearlas, posibilitarlas, concretarlas ¿cómo?: generando espacios, tiempos, momentos, desde donde facilitemos la elección responsable, la pluralidad, el disenso, la negociación, la articulación entre personas y grupos para la acción social mancomunada.

Pensemos… ¿Trabajamos nuestras clases con actividades que promueven el ejercicio de la libertad? ¿Hemos desarrollado, como docentes, una formación política que nos ayude a reinventar aquellas formas históricas que nos permitan trabajar y perseguir cambios?

Al respecto, expresa Freire: “… Una educación crítica nunca puede prescindir de la percepción lúcida del cambio que, incluso revela la presencia interviniente del ser humano en el mundo. También forma parte de esta percepción lúcida del cambio, la naturaleza política e ideológica de nuestra postura ante él…” (Freire, 2001)

En fin, una educación entendida como un modo de intervención en el mundo es aquella que forma en valores. A éstos no se los define como formación moralizante, dogmas o consignas, sino como una práctica desarrollada por docentes, alumnos y alumnas que se expresa en patrones de comportamiento practicados en la cotidianeidad y que revelan los valores que guían su conducta… Y si bien la familia tiene mucha responsabilidad en esto, la escuela también, porque es la encargada de formar sistemáticamente en este sentido. Recuerden: el trabajo docente no es un trabajo técnico… Como educador yo no estoy a diario con pedazos de madera, estoy con personas, por eso mi labor es política y ética y debe promover la lucha social por la creación de una sociedad más humana y más justa.

Cuando finaliza la jornada escolar y llego a casa, el hecho de colgar mi guardapolvo en el perchero o depositar el maletín y la note en la sala de estudio de mi hogar, no significa que me saqué el traje de educador, que dejé de  ser educador… El maestro, la maestra, el profesor, la profesora, que fundamenta su accionar en la Pedagogía Crítica, sabe que la educación como modo de intervención en el mundo, exige que su práctica educativa vaya más allá de la jornada laboral en la escuela… Él, ella, yo, sabemos que nuestra práctica se extiende a todos aquellos que participan de la vida social de la provincia, del país, del continente… Sabe, sabemos también que, en este sentido, extendemos la acción para inmiscuirnos en la construcción social… Por eso, dice Freire: “…Lidiar con la ciudad, con el país, no es una cuestión técnica sino, sobre todo política. Como político y educador progresista, continuaré mi lucha de esclarecimiento de los quehaceres públicos…” (Freire, 2001)

Ahora bien, así como se hace necesario visualizar los horizontes de la acción educativa, también es imprescindible identificar sus límites. Es importante reconocer que la praxis educativa no sustituye a la acción política, sólo contribuye con ella y con su sentido de transformación.

Sabemos  que la educación es una fuerza poderosa para transformar lo social, pero no la única… La educación más bien se entreteje con otras fuerzas y procesos que estructuran y reconfiguran la sociedad. Por ello, Freire señalaba: “…Necesitamos reflexionar sobre el papel que tenemos y la responsabilidad de asumirlo de manera cabal en la construcción y el perfeccionamiento de la democracia entre nosotros. No se trata de una democracia que hace más profundas las desigualdades, puramente convencional, que fortifica el poder de los poderosos, que presencia con brazos cruzados la deshonra y el maltrato de los humildes y que alienta la impunidad; no de una democracia cuyo sueño de Estado, que se dice liberal, sea el Estado que maximiza la libertad de los fuertes para acumular capital ante la pobreza y, a veces, la miseria de las mayorías. Lo que me parece imposible aceptar es una democracia fundada en la ética del mercado que, perversa y dejándose llevar sólo por el lucro, imposibilita la misma democracia…” Contundente ¿no? ¡Clarísimo!  De ahí que, hacer explícitas estas consideraciones freireanas en la labor formativa constituye una orientación imprescindible para no distraernos y encaminarnos hacia pseudo-democracias que agudizan las condiciones de depauperación social, económica, cultural y/o incrementan formas diversas de autoritarismo y corrupción. Antes bien, debemos avanzar hacia la maximización de posibilidades de una vida digna para todos y todas, que esto se desarrolle  en un clima de libertad, de respeto por los derechos del ser humano y de los demás seres que no son humanos (pero que forman parte de la naturaleza como nosotros y están junto a mi), un clima de libertad y respeto por los derechos sociales, económicos y políticos. En síntesis: derechos consustanciales a una verdadera democracia… Lo contrario, es la barbarie…

Así que, es a partir de la ética desde donde debemos pensar todas las relaciones humanas: entre sí, de éstas con la naturaleza y con la vida. Por ello, la educación entendida como espacio de formación humana, como modo de intervención, es esencialmente un proceso de conquista y desenvolvimiento de la dimensión ética. Ésta, en cuanto esfuerzo de  humanización y convivencia respetuosa de todos los seres, debe ser el principio orientador de todo el proceso educativo. Educar sólo es posible a partir de la ética de la solidaridad y la justicia. Dice Freire: “…No es posible pensar en los seres humanos sin la ética. Estar lejos en principio, fuera de la ética, entre nosotros, mujeres y hombres, es una transgresión. Es por eso que transformar la experiencia educativa, en puro entrenamiento no es suficiente… Educar es sustantivamente formar…” (Freire, 1997)

De acuerdo con lo que se ha venido expresando debemos considerar, a continuación, la respuesta a la siguiente pregunta: ¿Qué docente se necesita para encarnar, en la praxis cotidiana, la educación como modo de intervención en el mundo, problematizadora y dialógica?

Sin ánimos de abundar lo primero que surge, para responder a esta cuestión, es obvio: se necesita al docente Freireano, al docente de la Escuela Crítica… ¿Y cómo es ese docente? ¿Cómo debe ser formado ese docente?…

Estimado lector, estimada lectora, les propongo que el jueves que viene, comencemos a tratar las respuestas a las cuestiones planteadas.

¡¡Hasta entonces!!   Sarita

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Acerca del Autor/a:

Sara Navarro

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