Educación: Una Mirada Reflexiva. (Tercera Parte)

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educación_ciudadania¡Hola!! ¿Recordamos lo que venimos tratando hasta aquí? Tres puntos vamos a tener en cuenta como ideas principales: 1) “Reflexiones Pedagógicas 2014” ha organizado la temática que abordará, en Ejes. A saber: Educación, Calidad y Evaluación. 2)Primer Eje: Educación. La definimos como unapráctica social, política e ideológica.  Apoyamos esto en la Pedagogía Crítica y en Freire. 3) Esta Educación presenta, al menos, tres característicasProblematizadoraDialógica y como Modo de Intervención en el Mundo. El jueves pasado se explicó el sentido de la primera característica. Hoy, abordaremos la segunda: su Condición Dialógica.

Comenzamos con una expresión de Bárcena que, desde 1977, nos ayuda a ilustrar lo que venimos diciendo en publicaciones anteriores, a la vez que nos posibilita adentrarnos en el tema de hoy. Para que exista una Educación Problematizadora se necesita crear espacios donde las personas se sientan en libertad para manifestar pensamientos y convicciones, cuestionar y proponer alternativas con las cuales se asuma el compromiso de llevarlas a la acción. Por ello debe examinarse “… cómo se configura desde la reflexión educativa el compromiso con una educación política en la que el juicio y la actividad del pensamiento y la reflexión ocupan un lugar fundamental, aunque probablemente no único. Porque la asunción de un compromiso exige, fundamentalmente, la capacidad –y la voluntad- de comprender aquello hacia lo cual uno se compromete.

El compromiso es, así, una actividad tanto moral como reflexiva, o de carácter intelectual…” (Bárcena, 1977) A partir de lo expresado podemos inferir que la naturaleza política y dialógica de la educación está asociada a la reafirmación de la persona en una opción, que es crítica y, al mismo tiempo, comunicativa.Para que esto sea así debemos pensar muy bien qué se hará desde la Formación Docente, para que las escuelas democráticas brinden a los sujetos de la educación las posibilidades de reflexión sobre sí mismos, sus responsabilidades y el contexto histórico en que está viviendo con sus desafíos y problemas.

Así, Freire propone una educación fundamentada en el diálogo, que es la plataforma para formar hacia la responsabilidad social y política. Sin ese diálogo con participación y asunción sobre nuestra dimensión histórica no se entiende la educación ni tampoco la ciudadanía. Ahora bien, me pregunto: ¿Estamos preparados los docentes para afrontar este tipo de educación? ¿Estamos nosotros lo suficientemente comprometidos para trabajar de esta manera? ¿Están nuestras escuelas preparadas para ello? ¿Cómo son nuestras relaciones dialógicas verticales y horizontales? ¿Hemos sido formados en una educación dialógica? ¿De qué tipo de dialogicidad estamos hablando? Estamos hablando de una educación que potencie a las personas para ejercer sus derechos como ciudadanos, para que “asuman su voz” dice Freire, para que tengan participación, expresión y capacidad de decidir en diferentes instancias de poder. Detengámonos un poco en esto que se acaba de expresar… Primero, debemos entender que, en esta concepción, el diálogo es una práctica, no un método (pensemos esto: las Pedagogías que nos formaron como docentes y una de sus herramientas,  la Didáctica, enseñaba al diálogo como un método, más adelante se lo señaló como una técnica grupal de ida y vuelta, que acompaña a la exposición y esto fue muy recomendado ¿recuerdan?) Retomando… El diálogo es una práctica, y fundamentalmente constituye una postura y una actitud ante la vida y ante la educación que considera al “otro” como un legítimo otro. Esta característica de la Educación nos está diciendo que debemos considerar que nuestro pensamiento, explicación y acción en el mundo (ya sea como educador/a, educando, ciudadana/o) están en permanente interrelación con “los otros”. No estamos disociados de los “demás que conviven junto a mí”, lo que significa que aquí estamos hablando de procesos de carácter eminentemente relacional. Y cuando se habla de esto (¡¡atención!!) referimos específicamente a nosotros como educadores y a los otros como educandos. ¿Cómo sería esta relación teniendo en cuenta la postura que fundamenta estas palabras escritas? Empecemos diciendo que, la Educación Dialógica:

  •   No considera al hombre, a la mujer, como objetos porque eso sería negarles su condición de sujetos capaces de insertarse críticamente en el mundo como sujetos transformadores.
  •   No es una invasión cultural. A ver, sería esto: el educador invasor cultural no piensa en los educandos… En el mejor de los casos piensa “acerca de los alumnos y alumnas” y los concibe como personitas incapaces de pensar por sí mismas, por eso pone a su alcance un contenido que deben, esas personitas, aprender para poder aprender a pensar… Para el educador invasor, entonces, la educación es una conquista.  Y desde la óptica de toda conquista el pueblo es considerado sin pasado, sin cultura. Esto impide entender que la verdadera educación posible debe jugarse en un diálogo de culturas, la del educador y la del pueblo, que debe dar pie a una síntesis cultural, que es necesariamente creación cultural. Reflexionemos: ¿qué tipo de educadores/as somos? ¿En qué época histórica fuimos formados? ¿Fuimos capaces de  trascender esa época de formación trabajando en nosotros mismos (y desde nosotros mismos) para brindar al otro posibilidades de no invasión?

Recordemos que una educación problematizadora se funda en la humanización de educadores y educandos. Por ello es que la función del educador es problematizar el objeto de enseñanza y posibilitar a los educandos condiciones para que esto ocurra (¿Hacemos este trabajo  primero con nosotros mismos, problematizándonos, pensando en  distintos caminos para abordar la temática que trataremos luego con los alumnos y alumnas, o simplemente tomamos “lo dado” Googleando los temas, o de libros que hay en nuestras bibliotecas  o en la biblioteca escolar o en apuntes de años anteriores, o en carpetas de nuestra época de alumnos terciarios/universitarios?) Esta visión es fundamental porque desafía la sumisión de la conciencia para que acontezca la inserción crítica del sujeto en la realidad. Se facilita así la construcción de la conciencia reflexiva y política acerca de los desafíos que presenta la realidad social. En las expresiones y cuestionamientos que se han vertido hasta aquí existe  la clara intención de movilizar-nos viejas estructuras y presentar-nos a los sujetos (nosotros y ellos) como inseparablemente unidos a la realidad y, a través de ella, entre sí  “… siendo la realidad no un mero soporte para los hombres, sino un desafío a su inserción transformadora. En esta dinámica de la conciencia se nos entrega  una precisión sobre el sujeto, el punto de partida (objeto) de la educación…” (Freire 1982) ¿Se dan cuenta? ¿Cuántas veces presentamos y trabajamos nuestras clases como soportes para la realidad que vivirán nuestros educandos? En segundo lugar, y desprendido de lo que venimos sosteniendo: por naturaleza nosotros buscamos la comunión (común unión) porque somos seres sociales, no podemos vivir aislados, porque es esto lo que nos define como humanos. Y el diálogo es eso: un encuentro entre personas, donde ninguna está privada de su palabra, donde ninguna es manipulada, donde ninguna es objeto de la otra. El verdadero diálogo implica intersubjetividad (verdadera relación entre sujetos) mediatizados por el mundo concreto en el cual ambos se educan. Ahora bien, la situación de aprendizaje es una situación gnoseológica donde los sujetos son mediatizados por el objeto cognoscitivo: el mundo, la realidad, la sociedad, que se presenta como un problema abierto a los sujetos que dialogan.

De aquí que sea posible especificar y recalcar que la educación es una actividad humana situada y fechada como el hombre mismo, por lo que debe poseer “…una visión crítica del saber que sabe que éste se encuentra sometido a condicionamientos histórico-sociológicos y que no es absoluto, ni se da en el vacío…” (Freire, 1984) Si entendemos esto, el docente de la Educación Dialógica jamás impondrá su verdad, sino que propondrá, trabajará de tal modo que los educandos se sientan desafiados a criticar lo que se les ofrece para superarlo (¿Ven que ésta es una óptica desde la cual la “transmisión de contenidos” no tiene sentido? ¿Nos hemos atrevido a generar espacios de diálogo en el aula, tal cual venimos fundamentando hasta acá?) Por ello, la verdadera educación es creación cultural donde  educando y educador, salen enriquecidos al enriquecer el mundo. La educación así concebida potencia a las personas para ejercer sus derechos lo que implica la formación de la ciudadanía democrática. Entonces, para lograr esto (si estamos de acuerdo) debemos garantizar las condiciones para que los diferentes grupos sociales tengan derecho a hacer oír su voz, que sean respetados en sus diferencias, que se estimule y proteja el derecho a disentir y que se fortalezca la capacidad para negociar y lograr acuerdos. Cuando esto es posible, cuando ocurre, se entiende  el sentido de las escuelas como espacios públicos (¡Tantas veces hemos hablado de la escuela de la comunidad! ¿Cuántas veces pensamos que el sentido de esto es muy profundo, que va más allá de la acción de dejar abierta la escuela los fines de semana para que los chicos jueguen futbol o básquet? ¿Cuántas veces nos hemos dado una vueltita los sábados por la escuela para dinamizar social, cultural y políticamente la comunidad que sí visita la escuela, esos fines de semana, como un espacio de recreación?… Es que esta postura que estamos presentando exige otro tipo de compromiso que no estamos acostumbrados ni formados para asumir ¿verdad?) Evidentemente, en este proceso que venimos detallando, es crucial el desempeño de aquellos docentes que eligen el compromiso de participación social y ciudadana, que tienen conciencia sobre su función política y que impulsan las luchas, no sólo para el mejoramiento de la educación sino también por la construcción de la utopía, entendida ésta como aquello deseable que motoriza la acción y que refiere al tipo de sociedad a la que en un momento dado aspiran dichos educadores y educadoras.

Los luchadores y luchadoras de las utopías entienden a la educación desde la actitud dialógica, lo que se expresa en condiciones de horizontabilidad de la comunicación, de respeto por la autonomía del otro que está junto a mí, que convive conmigo, en un espacio de lenguaje y relaciones donde nos encontramos como “… seres históricos, cognoscentes, afectivos, que participamos en la co-construcción de los conocimientos, así como en una lectura crítica del mundo y su transformación…” (Freire) Quedan muchas preguntas para hacer-nos, para reflexionar-nos acerca de nuestra tarea, acerca de nosotros mismos como educadores y educadoras, acerca del tiempo histórico que vivimos hoy, acerca del tiempo histórico en que nos formamos… En fin, nuestra historia académica ¿no?, que empezó  cuando hicimos el primer palote y se extiende hasta hoy día y que seguimos construyendo y de cómo la seguimos construyendo… ¿Qué vemos en nosotros? ¿Qué podemos cambiar? ¿Qué sentimos? ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo empezar?…  Estas son algunas de las cuestiones que movilizan “Mis momentos en Reflexiones Pedagógicas”, ese espacio en la web de la Agremiación que tengo el placer de llevar adelante… Hoy te presto estas preguntas, hoy te invito a que  te las hagas vos, que me lees. Seguramente podremos dialogarlas juntos. Yo estoy dispuesta, así que te espero, ¿te parece? Y para finalizar este encuentro de hoy, quiero recordarles que otra de las características de la Educación como práctica políticaes entenderla como un Modo de Intervención en el Mundo. Este será nuestro tema del jueves que viene.

¡¡Hasta entonces!! Sarita

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Sara Navarro

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