Ser Docente…Ser Educador (Cuarta Parte)

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¡Hola!

Hasta hace unos días trabajamos teóricamente los elementos que debe contener la mochila de viaje, del educador progresista, hacia el sueño democrático…

Hoy trataremos de responder estas preguntas: ¿Cuáles son aquellas cualidades que permiten al educador cuestionar su propia práctica? ¿Cómo se generan? ¿En qué consisten?

La primera de ella es la humildad, aquella que nos ayuda a reconocer que nadie sabe todo y que todos ignoramos algo… ¿Cómo podríamos conciliar la adhesión al sueño democrático con la postura arrogante en que nos sentimos llenos de nosotros mismos? ¿Cómo puedo escuchar (que no es lo mismo que oír) a los otros o a las otras, cómo dialogar (que no es igual a oír, a hablar) si sólo me oigo yo, si sólo me veo yo, si nadie que no sea yo mismo me mueve o me conmueve?

Esta cualidad no admite la arrogancia que, por ejemplo puede expresar: “¿Saben ustedes con quién están hablando?”, esa arrogancia, la soberbia del sabelotodo que gusta permanentemente de hacer conocido y reconocido su saber. ¿Cuántas veces hemos tenido esta actitud, o similares, en nuestras prácticas cotidianas?

Pensemos… Veamos… Debemos aprender mucho aún… Freire piensa que la humildad no florece en la inseguridad de las personas sino en la seguridad insegura de los cautos… Es por eso que una de las expresiones de la humildad es la seguridad insegura, la certeza incierta y no la certeza demasiado segura de sí misma.

Hay un abismo insondable entre esta postura y la del autoritarismo, porque las personas que adhieren a esta última son sectarias: la única verdad posible es la que ellos o ellas poseen y por eso, necesariamente, debe ser impuesta a los demás. ¿Saben por qué?, porque su saber se considera iluminador de la oscuridad en la que viven los ignorantes y por esto mismo, por ser ignorantes, deben someterse al saber y a la arrogancia del autoritario o la autoritaria.

Seguramente habrás vivido muchos ejemplos de este tipo cuando transitabas los distintos Niveles del Sistema Educativo, lo que me sugiere preguntarte y preguntarme: cuando empezaste a ejercer, o ahora que tal vez te encuentras en mitad de tu carrera docente, o quizás muy cercana a la jubilación: ¿cómo te desenvuelves?, ¿cómo consideras a tus educandos?, ¿cómo viajas tu sueño?, porque ¿sabes? las posiciones, a veces rebeldes y también las apatías, la obediencia exagerada, la aceptación sin crítica o resistencia frente a lo que decimos los docentes y las docentes, el miedo a la libertad… Todas estas son conductas que responden a estímulos autoritarios… Miremos a nuestro alrededor… Mirémonos… ¿Cuánto de todo esto que acabo de escribir está en nuestras propias prácticas cotidianas?

Otras de las cualidades es la amorosidad: el amor, no sólo para con los alumnos, sino con el propio proceso de enseñar… Amorosidad significa el derecho de poder luchar, criticar, denunciar y anunciar, es un “amor luchador”. Es que es imposible sobrevivir a las negatividades del quehacer educativo sin una especie de “amor armado” (expresión de Tiago de Mello). Es imposible entregarse al trabajo con los educandos cuando se sufre injusticias, indiferencia del poder público, si no poseemos el “amor armado” que posibilita participar de manifestaciones de protesta a través del sindicato, porque entendemos que ésta también es una manera de enseñar… Es que el “amor armado” es el amor luchador de aquellos y de aquellas que nos afirmamos en el derecho o en el deber de tener el derecho de luchar, de renunciar, de anunciar…

Pero para poner en acto este “amor armado” precisamos de otra cualidad que vamos a describir: la valentía.

A ver: la amorosidad de la que habla Freire, el sueño por el que se pelea y para cuya realización debo prepararme permanentemente, exigen que yo madure en mí, en mi experiencia social, la valentía de luchar al lado de la valentía de amar. Es que la valentía no se encuentra fuera de mí, ella implica la superación de mi miedo ¿se entiende?

El miedo no es una abstracción, es algo muy concreto y normal. Cuando nos referimos a él, debemos reflexionar sobre la necesidad de tener muy en claro nuestras opciones, y esto exige ciertos procedimientos y prácticas concretas que son las propias experiencias que provocan el miedo. Freire lo explica claramente cuando dice que a medida que tengo más y más claridad sobe mi opción, sobre mis sueños (que son sustantivamente políticos y adjetivamente pedagógicos), en la medida que reconozco que como educador soy un político, también entiendo mejor las razones por las cuales tengo miedo y puedo percibir cuánto tenemos aún por andar, para mejorar nuestra democracia. Es que al poner en práctica un tipo de educación que provoca críticamente la conciencia del educador, necesariamente trabajamos contra algunos mitos que nos deforman. Al cuestionar esos mitos también enfrentamos al poder dominante, puesto que ellos son expresiones de ese poder, de su ideología.

Aclaremos algunas cosas:

  1. Sentir miedo es manifestación de que estamos vivos.
  2. El miedo no debe esconderse, pero no debo permitir que me paralice. Si estoy seguro o segura de mi sueño político, continuaré la lucha con tácticas que disminuyan el riesgo que corro.
  3. El punto b explica por qué es imprescindible gobernar el miedo, educar el miedo que siento, porque es desde ahí donde nace la valentía.
  4. No puedo, por un lado, negar el miedo y, por el otro, abandonarme a él, necesito controlarlo y lo iré haciendo en mi práctica cotidiana, porque es ahí donde se va construyendo la valentía que necesito.

Así, como corolario, puede expresarse que: hay miedo sin valentía (es el que nos avasalla, nos paraliza) pero no hay valentía sin miedo (que es el que va siendo limitado, controlado).

Otra de las cualidades que no puede faltar es la tolerancia. ¿Qué es ser tolerantes?

Digamos primero lo que no es: no es convivencia con lo intolerable, no es encubrirlo, no es amansar al agresor ni disfrazarlo. La tolerancia enseña a convivir con lo que es diferente, aprender con lo diferente, respetar lo diferente.

Usualmente creemos que ser tolerantes es una forma de cortesía, delicadeza, aceptación o tolerancia por la presencia de la persona que es contraria a mí: como una manera civilizada de aceptar una convivencia que de hecho me conmociona, me repugna o como decimos de manera no académica: me revuelve el estómago… A vos que me leés, ¿sabés?, esto es hipocresía y la hipocresía es un defecto… La tolerancia es una virtud… ¡Qué abismo entre los dos!, ¿no? Por eso es que, si aspiro a ser tolerante, debo entender esto como algo que me hace ser una persona coherente como ser histórico, inconcluso y con mi opción político-democrática.

Dice Freire que él no ve cómo podemos ser democráticos, sin experimentar, como principio fundamental, la tolerancia y la convivencia con lo que nos es diferente.

Ahora bien, la tolerancia implica establecer límites: el que educa debe saber que hay principios que deben ser respetados, por eso la tolerancia no es simple convivencia con lo intolerable. La tarea del educador exige una forma de actuar críticamente disciplinada con que desafiamos a los educandos. Esta forma disciplinada de actuar, tiene que ver con la competencia del educador o educadora (que trabaja discreta y humildemente, sin actitudes arrogantes) y con el equilibrio con que ejerce su autoridad (segura, lúcida, determinada).

Por eso, si lo que hago no me conmueve para nada, si lo que hago hiere a las personas que trabajan conmigo, si las expongo a situaciones  que los avergüenzan (que podría y debo evitar: insensibilidad ética, cinismo, entre otras) no puedo encarnar la tarea del educador progresista.

Junto a esta cualidad de la tolerancia se encuentra estrechamente ligada la sabiduría de vivir la tensión entre la paciencia y la impaciencia (temática que abordamos en el artículo de la semana pasada), pero explicitemos aquí que quien vive esta tensión, difícilmente pierde el control de lo que habla (solo raras excepciones), raramente extrapola los límites del discurso ponderado pero enérgico.

Otra de las cualidades que necesitamos es la seguridad, la decisión y la alegría de vivir. La seguridad requiere capacidad científica, claridad política e integridad ética. Así, en la medida que el docente y la docente puedan tener ideas claras de lo que hacen, por qué lo hacen y para qué lo hacen, es como pueden enfrentar sus propias prácticas educativas.

Todo esto más la tensión entre la paciencia y la impaciencia y la posibilidad misma de conocer, de dirigir y encauzar los momentos pedagógicos hacia una actitud necesaria para la práctica educativa. También la decisión. Decidir significa romper para optar y esto es difícil y es por ello que toda opción, que sigue a una decisión, exige una meditada evaluación en el acto de comparar, para optar, por uno de los posibles polos, personas o posiciones. La evaluación es la que finalmente me ayuda a optar.

En cuanto a la alegría de vivir entiende Freire que es viviendo la humildad, la amorosidad, la valentía, la tolerancia, la competencia, la capacidad de decidir, la seguridad, la ética, la justicia, la tensión entre la paciencia y la impaciencia, la parsimonia verbal (no importa si con deslices o incoherencias, pero sí dispuestos y dispuestas a superarlo) es como contribuyo a crear la escuela alegre, feliz. ¿Y qué es la escuela alegre? ¿Cómo podemos describirla?

La escuela alegre es aventura, es marcha, es aquella que no le tiene miedo al riesgo y es por esto mismo que se niega a la inmovilidad. Es el lugar donde se piensa, donde se actúa, donde se crea, donde se habla, donde se ama… Esta escuela es la escuela viva, es la escuela que apasionadamente le dice sí a la vida.

Todas las cualidades que, someramente hemos abordado hasta aquí, hacen del docente un sujeto que intenta humanizarse y humanizar al hombre desde su misma práctica, un sujeto que cree en la educación, que finca su labor en la concientización misma de lo que es y lo que representa para la sociedad y para el mundo. Este es el docente que contribuye al cambio, cambio que debe partir primero de él mismo, para poder generarlo en los otros. Así, dice Freire (2010): “… es preciso que el docente esté por lo menos inclinado a cambiar. En segundo lugar debe tener claro cuál es su posición política. La educación es una práctica política, y el docente, como cualquier otro ciudadano, debe hacer su elección. En tercer lugar, es preciso que el docente empiece a construir su coherencia, que disminuya la distancia entre su discurso y su acción… la primera pelea que un docente progresista debe dar es consigo mismo. Ese es el comienzo del cambio…”

Entonces, primero debo lograr cambios en mí para poder trabajar en pos de ellos con el entorno, buscar generar autonomía en mis educandos. “…El maestro educa para la autonomía, y debe saber guiar al educando de la heteronomía a la autonomía, pues esta no se consigue de la noche a la mañana, sino a través de un proceso…”, nos explica (2010). Si bien la heteronomía implica respeto por el otro, por la indiferencia del otro, es preciso dialogar, respetar las ideas de los demás, encaminarnos hacia nuestra propia constitución como sujetos históricos.

En definitiva, podemos decir que el docente progresista es un ser humano histórico, con posibilidades de transformarse a sí mismo y a su mundo. Es un ser inacabado pero con la suficiente fortaleza como para influir en sus alumnos a encontrarse a sí mismos. ¡Qué tarea la nuestra!, ¿no? Nada fácil. La oportunidad que tenemos como docentes, de generar a través de nuestra práctica educativa un cambio en la manera de ser del educando en la búsqueda de conciencia y autonomía, constituye uno de nuestros mayores desafíos y sólo podremos lograrlo en la medida en que nos reconozcamos como sujetos históricos y sociales, como sujetos con posibilidades de cambio y de esperanza para con los otros y con su mundo.

Empecemos a reflexionar sobre nuestro propio ser y sobre los demás sujetos… Mirémonos enserio para mirar a los demás y habremos dado el primer paso para hacer, de nosotros mismos, verdaderos docentes progresistas… Yo estoy dispuesta ¿y vos?

La semana que viene vamos a detenernos en el análisis de nuestra práctica educativa en lo que respecta a la relación docente-alumno, pues es exclusivamente en esta relación donde ella se genera.

Cuando nos encontremos nuevamente intentaremos dar un paso más para poder visualizar que una educación diferente, crítica, es posible en nuestros días.

¡Hasta entonces!  Sarita

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Sara Navarro

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